Quiero reivindicar una generación, la de todos aquellos que nacimos en el 70, la que nació en el Hospital de San Sebastián de Palma del Río o en sus propias casas de Peñaflor, la que a base de esfuerzos de nuestros padres muchos de nosotros logramos terminar nuestros estudios cuando había para poco más en la familia.
Nosotros, no estuvimos en la Guerra Civil, ni en la postguerra, no vimos pisar la luna, no corrimos delante de los grises, no votamos la Constitución. Somos los hijos de la transición, privilegiados según nuestros padres por vivir en unos tiempos donde las cosas cambiaban para bien rápidamente. Somos la última generación que hemos aprendido a jugar en la calle a la tanga, los rompes, el trompo, las bolas, la comba, la lima, al matar, al escondite, al pillar, a la gallinita ciega y a la vez, somos la primera que nos hemos tenido que enfrentar a las nuevas tecnologías. No hemos ido a parques de atracciones, ni jugado con consolas y los dibujos animados eran de blanco y negro. Con los Reyes Magos aprendimos a valorar las cosas, no siempre nos traían lo que pedíamos pero daba igual, lo disfrutábamos porque sabíamos que los Reyes no eran ni tan magos ni tan ricos. Somos la generación que aprendimos lo dura que era la vida a base de dibujos animados y series que se empeñaban en enseñarnos que la vida no era bella, lloramos con la muerte de Chanquete, que sufrimos con la madre de Marco que no aparecía, que nos indignábamos con la maldad de la Señorita Rottenmayer. Hemos vestido vaqueros de campana, de pitillo, de pata de elefante y despintados; Nuestro primer chándal era azul marino con franjas blancas en la manga y donde lo único de marca que teníamos lo llevamos en la cara.
Por entonces, se celebraba la festividad de San José, los palmitos de San Sebastián, bailábamos en las candelas unas antíguas canciones que cantaban nuestros padres y abuelos o esos extraños muñecos llenos de hierbas que a base de palos destrozaban y a los que llamaban Juas; Donde las calles no eran para los tacones por ser de piedra y tierra y sí para jugar a las bolas y también eran años en los que si te despistabas repetías curso y entendías que ya no volverías a tener al amigo por compañero.
Nosotros vimos morir a Franco, nos enteramos de un intento de golpe de estado y fuimos testigo de la caída del muro de Berlín. Somos la generación de Espinete, Don Pimpón, las pesetas rubias, los duros y la bola de Cristal. Nos emocionamos con Superman, ET, bebíamos mirinda y nos comíamos los bocata de chorizo, mortadela, la nocilla, los Phosquitos y algo llamado Bollycao; somos la generación del coche fantástico y manziger Z, la que se cansó de ver a las mamá chicho y la del fracaso de naranjito. La última generación que veía a su padre poner la baca del coche hasta arriba de maletas para ir de vacaciones a la playa con billete de ida y vuelta en pocos días y alojamientos de campings y hostales.
La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia!!!! Mirando atrás es difícil creer que estemos vivos en la España de antes: Viajábamos apretujados en coches sin cinturones de seguridad traseros, sin sillitas especiales y sin air-bags, no teníamos puertas con protecciones, andábamos en bicicleta y monopatines sin casco, ni protectores para rodillas ni codos y los columpios cuando los había eran de metal y con esquinas en pico. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y solo volvíamos cuando se encendían las luces, no había móviles donde localizarnos y si nos rompíamos los huesos y los dientes, no había ninguna ley para castigar a los culpables, nos abríamos la cabeza jugando a guerras de piedras y no pasaba nada, eran cosas de niños y se curaban con mercromina (roja) y unos puntos y al día siguiente todos contentos. Íbamos a la fábrica, al río o a la vía y no pasaba nada; a clase cargados de libros y cuadernos, todo metido en una mochila que, rara vez, tenía refuerzo para los hombros y, mucho menos, ruedas!!!
Comíamos dulces y bebíamos refrescos, pero no éramos obesos, si acaso alguno era gordo y punto. Estábamos siempre al aire libre, corriendo y jugando, compartimos botellas de refrescos y nadie se contagio de nada, sólo nos contagiábamos los piojos en el cole, cosa que nuestras madres arreglaban lavándonos la cabeza con vinagre caliente (o los más afortunados con Orión). Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. Sabias que si se rifaba una torta y vacilabas aun peor, no había nadie para resolver eso y si trasgredíamos alguna ley, nos soltaban un guantazo, un zapatillazo o un correazo te callabas y punto. Tuvimos libertad, disciplina, fracaso, respeto, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer con todo ello.
Somos la generación de martes y trece en navidad con empanadillas de Mostoles, la de Heidi de letra impronunciable en su comienzo, la de Wickie el vikingo, Yacky y Nuca, el perro de Flandes, Sandokán, los Ángeles de Charly, Vacaciones en el mar, V, el coche fantástico, la casa de la pradera, David el Gnomo, Comando G, el amigo Félix, Pippi Langstrump, la gallina Caponata, la abeja Maya, un globo dos globos tres globos que sonaba para fastidiar a la hora de la merienda mandándonos a la cama, la del un dos tres, la de mis terrores favoritos de Ibañez Serrador y los payasos en donde aprendimos a los 6 años que la muerte existía con Fofó o el verano azul que después resultó ser gris con la muerte de chanquete.
Una generación que conoció a los grises en una tarde inesperada que a modo de batalla campal disparaban bolas de gomas a jornaleros de nuestro pueblo; que conocimos los años difíciles de la transición con huelgas y reivindicaciones de los trabajadores del campo; años de miedo e incertidumbre de la que algo comprendíamos; la que a modo de tenue recuerdo aparece la enclenque y delgada figura de una persona al que llamaban Franco que murió y al que a nadie le resultaba indiferente; la de aquella tarde de un 23 de Febrero en que jugábamos en la calle y nos fuimos para casa asustados ante unos Guardias Civiles que aparecían en la tele y al que a su jefe le llamaban Tejero; la de Doña Rosario y Doña Lola en la Guardería; la de Don Elías; Don Eduardo, Don Tomás, Don Miguel Tallón, Doña Pili, Doña Carmen, Doña Sabina, Don Antonio, Don Jesús, Don Juan Antonio, Don Eugenio,… La del recreo que a modo de rebertes, Bollycao y Phosquitos reponíamos las energías mientras mirábamos para la plaza de abastos;
¿Recordáis cuando rezábamos de pié el padre nuestro y Dios te salve María?, los baberos en la guardería, el tío Onorio de nuestro queridísimo Don Elías, el estresante modo de preguntar las lecciones de Don Miguel Tallón; o nuestro querido y desaparecido Don Jesús al que las horas de clases parecían pocas y nos buscaba por la tarde para preguntarnos la lección y que a fuerza de repetirlas por castigo eran aprendidas. Eran años de respeto y disciplina donde los maestros eran queridos u odiados pero siempre respetados y reforzados por nuestros padres; eran años donde las tortas estaban bien dadas;
Años donde el único ordenador era la vida en la calle; eran años de balones y muñecas en donde había una clara frontera entre la falda y el pantalón. Fue la última generación a la que las tecnologías les llego tarde y a la que la palabra ordenador les entró bien pasada la década y nos peleamos con el Ami Pro. El recuerdo del que nos dejó cuando a penas teníamos 10 años, el que nos enseñó que estamos de paso cuando nuestra inocencia se empezaba a romper a base de fuertes golpes que te da la vida, nuestro amigo e inolvidable Carrasco.
Eran los años de la Melu, Lorenza, María González, Mario, Pura, Ciudad de Málaga, Anita la de la droguería, los churros de Cristóbal, el Bar de Macario, la leche que comprábamos en lechera o los sifones de gaseosa de Simón.
Somos la generación que empezamos a mirar para adelante sin más amplitud de mira que la que nos dieron nuestros padres; la generación que no necesitaba perdonar ni pedir perdón solo recordar para no caer en los mismos errores, generación que ha desarrollado una gran amplitud de mira y con mayor conciencia democrática y menos condicionados a las generaciones de la guerra y la posguerra; la generación que a base de tolerancia y libertad entendimos que ni las derechas eran tan malas ni las izquierdas tampoco.
La generación que aprendimos que las mejores lecciones te la da la vida, aquella que desde muy pequeño entendíamos que había que arrimar el hombro echando una mano en la casa o en el campo.
Años donde las niñas ayudaban en su casa mientras los niños ni ayudaban ni eran educados y además estaba mal visto y con el discurrir de los años los hoy hombres, tuvimos que adecuarnos rápidamente a unos nuevos tiempos en donde la mujer tenía un largo trayecto recorrido.
Con el paso de la vida en cada uno de tus viajes guardas tus recuerdos y con ello al recordar vuelves a esos momentos entrañables donde crees que con el rápido paso de la vida, ni siquiera te paraste a recoger esos recuerdos pero ahí están nítidos y transparentes vistos desde la mirada del que fue niño y que al recordar vuelve a serlo. Todos somos un poco de todos y dentro de mí está y siempre estará una parte de vosotros.
Generación 70 de Peñaflor





































